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La Coctelera

Recomendaciones para estudiantes en Madrid: Aprovéchalo

Llevo ocho meses viviendo en Madrid y me quedan mil objetivos en mi lista de cosas por hacer aquí. Esa lista mía, que está creciendo continuamente, no solo consiste en lugares que hay que visitar, sino que también incluye maneras de mejor disfrutar y saborear la vida madrileña. A continuación ofrezco diez sugerencias para una rica experiencia en esta ciudad maravillosa y completa.

1. El Retiro

El Parque del Buen Retiro es un refugio dentro del ritmo rápido y a veces agobiante de la ciudad, y sin duda mi sitio preferido en Madrid. Vivo muy cerca del parque y lo aprovecho para quedar con amigos, leer, dar paseos, correr y maravillarme con su belleza. Salir a correr por sus verdes caminos es el mejor momento de mi día. Hay un ambiente de corredores y deportistas extraordinario. Me encanta el Retiro por su historia cultural y política, y la manera en que evolucionó a lo largo de los años. No te pierdas el Palacio de Cristal, el Palacio de Velázquez, la Fuente del Ángel Caído, el monumento de Alfonso XII y el estanque.

2. Las terrazas

Los madrileños viven en la calle. No importa que sea de noche o que haga frío, a la gente le encanta estar al aire libre. En las terrazas de Madrid puedes comer, tapear, tomar copas y disfrutar del ambiente y otra gente. En Recoletos, muy cerca de Prim, se encuentra la Terraza del Espejo. La verdad es que nunca me he sentado allí, solo paso por ella todos los días de camino a la escuela. Esa elegante terraza me fascina porque está acristalada y durante el verano hay música en directo. Por eso la Terraza del Espejo permanece en mi propia lista de cosas que hacer en Madrid antes de marcharme.

3. El triángulo de Arte

Madrid es una de las ciudades con la mayor concentración de arte por kilómetro cuadrado. Es imprescindible conocer el famoso triángulo del Arte en Madrid, compuesto por el Museo de Arte Thyssen-Bornemisza, Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía y Museo Nacional del Prado… pero no en el mismo día. Hay que conocerlos cuando tienes un amplio plazo de tiempo para valorar la cantidad y cualidad del arte, sin morir de agobiarte. Merece la pena dar una vuelta por el hermoso Paseo del Prado, contemplar la Plaza de Cibeles y seguir por la calle Alcalá hasta el Círculo de Bellas Artes. Allí encontrarás más exposiciones de arte y puedes subir hasta arriba del edificio para contemplar una vista preciosa de la ciudad. Confieso que lo que más me gusta del Círculo de Bellas Artes es el café, donde me siento como una princesa, rodeada de encanto y elegancia.

4. La frutería de tu barrio

Mi recomendación es hacerse amigos en los pequeños negocios de tu barrio. Pasar por la frutería al lado de mi casa siempre me alegra el día, porque los dependientes me conocen, conversamos y salgo de la tienda con una sonrisa y con una bolsa de ricas frutas y verduras en la mano. Hacer la compra en Carrefour o en el Corte Inglés no tiene nada que ver; todos tienen prisa y las caras sonrientes son escasas.

5. Tapeo

Me gusta deambular por las calles que parten de la Puerta del Sol porque los bares de tapas están llenos de gente y tapas deliciosas. Mi nuevo favorito en Sol se llama Taberna Kaixo; tiene un montón de tapas vascas para chuparse los dedos, en un ambiente joven y moderno, con mucho espacio adentro y mesas afuera. Otro barrio para salir de tapas es La Latina, donde hay menos turistas y es una verdadera delicia.

6. Ferias del libro

Si te gusta leer, las ferias del libro en Madrid serán tu gran tentación. Yo podría pasar horas hojeando libros, revistas, arte y otros tesoros que se venden. En el Día del Libro en primavera, tienes la oportunidad de pedir la firma de autores importantes. Si no te gusta leer, todavía vale la pena asistir a una feria del libro porque mucha veces hay Cuentacuentos y otros tipos de espectáculos divertidos.

7. Apuntarte a un gimnasio

Yo me apunté a Holiday Gym demasiado tarde; ojalá lo hubiera hecho antes. Holiday Gym tiene de todo: mucho equipo de ejercicio, sala de musculación, piscina, clases de baile, ciclo indoor, y actividades aeróbicas a todas horas. Como es una cadena, hay varios locales por Madrid. Tiene un horario muy amplio y no cuesta un dineral. Es un ambiente joven y otra manera de conocer amigos españoles.

8. Mercado de San Miguel

En la Plaza de San Miguel, cerca de la Plaza Mayor, se encuentra el mercado más antiguo de Madrid. Su estructura de hierro y cristal es preciosa; adentro te regalarás la vista con un sinfín de colores, olores y gastronomía de calidad. Es un sitio ideal para tomar un aperitivo después de visitar El Rastro los domingos.

9. Descubrir nuevos barrios

Es fácil acostumbrarse a frecuentar los mismos barrios: el barrio donde vives o la parte más central y turística de la ciudad. Atrévete a descubrir nuevos barrios y conocerás mucho mejor lo que es Madrid de verdad. Una vez, me perdí caminando por un barrio al norte de Madrid buscando una librería particular. Allí tropecé con un pequeño parque encantador, calles residenciales lineadas en árboles frondosos y tiendas curiosas. Salí con una nueva perspectiva de Madrid.

10. Perder la vergüenza y hablar con la gente.

Es la mejor manera de mejorar tu español, ganar confianza al hablar y conocer a españoles. ¿Qué tienes que perder?

Los regalos

Gracias a mi profesora del primer grado, amaba la escuela desde el primer día del cole y me entusiasmaba enormemente por aprender. La señora Janes era joven, alta, rubia y bellísima, con una sonrisa igual que la de Julia Roberts y una chispa en sus ojos. En su aula –que estaba llena de luz y color– practicamos matemáticas mientras hacíamos pan casero y otras recetas con nuestras propias manitas, viajamos a diferentes países con pasaporte y mucha imaginación, estudiamos insectos raros con lupa y actuamos en un sinfín de obras de teatro. Me introdujo en el mundo de la literatura, donde mi imaginación no tenía límites. Me animaba a crear mis propios libros. Y los hice. Cuando regresaba a casa después del cole, yo escribía e ilustraba libros: libros sobre princesas y castillos, piratas y loros, colores, resfriados, días nublosos y hermanas malvadas. Mi ortografía era poco acertada, pero las historias cobraban vida. Cuando me gradué del instituto, la señora Janes vino a la celebración a mi casa. Con su sonrisa brillante y ojos azules llenos de lágrimas, me dio dos cosas que yo le había regalado a ella once años antes: una cajita de plástico con el primer diente que perdí y un libro mío dedicado a ella, mi querida profe del primer grado.

Cuando paso por días de duda sobre mi futuro y cierto miedo sobre mi primer año de ser profesora, me acuerdo de Becky Janes y estoy inspirada. Dejo volar mi imaginación y sonrío.

Diosa de la belleza

La Belleza, convertida en diosa, es inalcanzable. Me tienta, me ridiculiza, se burla de mí.

Ella me susurra al oído y la escucho. No quiero escucharla, pero sus palabras me entran sigilosamente como un vapor venenoso. Tú no eres bella. Lo que eres es gorda y fea. Pobrecita, nunca serás como las otras que ves a tu alrededor.

Quiero ser más fuerte para poder negarme a esas palabras que me muerden, pero tras cada rincón la Belleza me tiende una emboscada. Me atormenta en todas partes y no consigo esconderme de su hermosura deslumbradora.

Se cuela disimuladamente en mi habitación y me provoca a mirar una foto de cuando yo tenía 16 años. Déjame enseñarte el camino a la belleza, me dice. Yo te puedo ayudar, igual que te ayudé antes, ¿te acuerdas? Me acuerdo de la transformación que viví en esa época, en la que por fin llegué a ser más pequeña. Eso es lo que quería: sentirme pequeña y bella.

A la vez me viene el recuerdo de esos días de frío continuo, de dolor al sentarme y sentir mis huesos, de hambre, de soledad, de mentiras, de lágrimas, de comida tirada en la basura, de estar arrodillada ante el váter… de belleza.

¿Es eso lo que quiero?

Me miro en el espejo y tengo ganas de llorar. Asco. ¿Con qué ojos me veo? Ojalá pudiera desaparecer para que la voz de la Belleza ya no me encuentre.

La foto invisible

Ella se llamaba Isabel. Me sonreía cada mañana que estuve en Apodaca, México, arrugando su pequeña nariz y riéndose con todo el cuerpo. Cuando me veía, daba un salto y se echaba a correr, y su cabello, como hilos seda negra, se bamboleaba con vigor. Dondequiera que iba la niña, soplaban ráfagas de viento. Me saludaba con un besito, pero yo no la conseguía abrazar porque se movía más que un gusanito. Me acuerdo de sus ojitos del color café como el que tomaban los trabajadores bajo los árboles del patio. Eran redondos como los planetas, luminosos.

Isabel poseía una cámara. La sostenía con fuerza en sus manos y con ella se acercaba a la gente, los que trabajábamos en la iglesia y los que jugaban en la calle. Agitaba la cámara en el aire hasta atraer nuestra atención. A Isabel le gustaban las fotos en las que la gente se abrazaba, y nos decía sin reparos cómo debíamos posar. Se acercaba el visor a la cara y con un ojo color café miraba el objetivo concentrada mientras guiñaba el otro ojo, y con un ruidoso clic nos atrapaba en el momento. Justo después se partía de risa. Bajaba la cámara, la abría y nos enseñaba que no tenía película, que estaba vacía. Ella soltaba grandes carcajadas. Después de hacer cada foto abría su cámara y no dejaba de reírse. Se reía como un coro de hadas caprichosas.

Quería abrazar a esa niña bailarina que hablaba un español encantador; quería sostener esa gota de café caliente en mis brazos. Pero Isabel no dejaba de moverse. Brincaba con alegría por todas partes, gritaba, cantaba y perseguía a los niños del barrio para hacerles cosquillas. Isabel me informó que el chico que llevaba la camisa azul, Jaime, era muy guapo y que yo iba a casarme con él. Se empeñó en sacar una foto de nosotros dos. Con un solo clic Isabel pretendía hacer magia y realizar sueños. La cámara, por supuesto, estaba vacía.

La última vez que estuve en la pequeña capilla blanca en el pueblo de Apodaca, Isabel me dejó abrazarla. Al principio la niña vacilaba, bajó la cabeza un poco y me miró con timidez. Pero no tardó en subir a mi regazo y ponerse cómoda. Mi cara rozaba su suave cabello. El momento ya se me iba escapando y el aire húmedo pesaba con tristeza. Madres abanicaban a sus bebes y padres callaban a los pequeños que hacían ruido. Isabel no tenía a ningún padre que la abanicara ni la hiciese callar. El calor de la tarde hizo que nuestra piel se nos pegara pero no me importó. Mi sudor se mezclaba con lágrimas. Intenté susurrar algo a la niña pero no pude pronunciar ninguna palabra, ni un adiós.

Cuando llegó el momento de marcharme, Isabel se quedó en medio de la calle sin moverse y no dejó de mirar la furgoneta que me alejaba de ella. Estaba sola, con la cámara vacía entre sus pequeñas manos.

Dulce refugio

Hay un sitio maravilloso en Segovia, bajando por la alameda hasta la Fuencisla, donde encuentro una verde tranquilidad, siento un chorro de aire fresco y escucho una melódica conversación entre los ríos Eresma y Clamores. Metida entre árboles, plantas y huertos, estoy genuinamente feliz. Cruzo lentamente un pequeño puente viejo y puedo viajar en el tiempo, suponiendo que este refugio dentro de la ciudad no ha cambiado mucho a lo largo de los años. No escucho el ruido de coches, solo aguas corriendo bajo el puente, que con su balbuceante canto me alivian. Allí se puede contemplar una vista del Alcázar que quita el aliento; en ese momento, me siento como una princesa.

Adentrándome en la espesura del bosque encuentro una escalera que puedo ver que ha sufrido el paso del tiempo y que me lleva hasta un camino de tierra que bordea el acantilado. Sigo entusiasmada, caminando con cuidado para no chocar contra una raíz que sobresale de la tierra y caerme por el precipicio. Llego a un punto donde unos peldaños pedregosos revelan el principio de otra escalera entre los árboles, que me invitan a desviarme del camino. Piso el primer peldaño, y el segundo, el cual es muy alto y tengo que estirar con fuerza las piernas. Creo que voy a encontrar un secreto y mi corazón late fuerte dentro de mi pecho.

Cuando parece que nunca va a aparecer la salida, alzo mis ojos para ver una puerta celeste al final de la escalera. Suspiro profundamente. Mis pasos me llevan arriba de todo, encima de mi pequeña montaña, envuelta por el cielo infinito. A mi alrededor veo el viejo cementerio judío, el Alcázar y un trozo de la catedral. ¡Qué maravilla!... estar rodeada de tanta belleza y a la vez escondida en la naturaleza, completamente apartada y separada. Escucho el zumbido de las abejas y siento una suave brisa. Puedo escuchar mi propia respiración, el latido de mi corazón, y hasta mis propios pensamientos: Gracias por darme vida, por el amor que me das con abundancia, por tu presencia en cualquier rincón del mundo, por este sitio donde estoy ahora mismo, contigo.

Me quedo allí un rato, descansando en Su abrazo.

El perdón

Cuando alguien empieza a revelarme su vida y ser vulnerable, es una muestra de su confianza en mí. Valoro esas relaciones íntimas y por lo tanto las cuido y pongo mucho en ellas. Aunque requiere un esfuerzo mantener muchas amistades, merece la pena.

No estoy acostumbrada a tener demasiados conflictos dentro de las relaciones; puede ser que por mi carácter gentil soy propensa a escuchar y entender la perspectiva del otro y por eso el conflicto no llega a tanto. A veces, si una solución no es muy fácil de encontrar, intento huir del conflicto o dejarlo pasar.

Dicho esto, me estoy enfrentando un conflicto que me ha impactado como un golpe a la cara. Me quedo con el dolor de haber estado engañada, siento náuseas al ser la víctima de un mundo de mentiras y me pregunto por qué esa persona ha jugado tanto con mis emociones.

Esta vez, no pretendo suavizar ni escapar del problema. Lo voy mirar directo a la cara. Aprendo; pero no me endurezco, ni juzgo. Ahora que sé la verdad, puedo cicatrizar y seguiré amando, sin condiciones. El perdón, creo con todo mi corazón, cura las heridas más feas.

Querida Minnesota

Querida Minnesota:

Te echo de menos.

Sueño con tus 10.000 lagos y tus majestuosos ríos, esas cristalinas aguas que bendicen tus tierras.

Echo de menos tus abrazos muy, muy fuertes y firmes; sueño con estar fundida en uno de ellos.

Echo de menos tus largas despedidas, que se caracterizan por estar a punto de marcharse, pero les falta la habilidad para dejar la conversación. Un “cuídate mucho” y un “hasta luego”, más un abrazo, seguido por otros diez minutos de charla, por lo menos.

Sueño con tus manzanales en otoño y mi primer bocado ruidoso de esa fruta sabrosa y crujiente, el zumo que se escapa por las comisuras de la boca, y el fruncido placentero de los labios.

Sueño con chimeneas y casas acogedoras, llenas de amor y de risa, y reuniones familiares. Casi puedo sentir el calor que emite el fuego y saborear la dulce nube dorada en sus llamas.

Sueño con tus blancas noches cuando no se escucha sonido alguno y los copos de nieve se caen haciendo piruetas. Si espero con paciencia, a través del cristal veo un ciervo cruzar enfrente de mi casa y desaparecer dentro de la espesura de pinos, con la elegancia de movimiento más natural que la de un bailarín.

Cuídate mucho, Minnesota mía.

Abrazos bien fuertes,

Amy

Tonta

Por mucho que me guste vivir en el extranjero, tener un perfil de “joven americana” no es algo que me mole.

Sobretodo los hombres, jóvenes y mayores, me juzgan al saber mi nacionalidad, o al abrir la boca. Una vez estaba charlando con un chico que conocí en un bar, disfrutando de la conversación, pero notaba como él me miraba cada vez más sorprendido.  Me preguntó cómo sabía yo tanto sobre España, y empezó a probar mi conocimiento. Me dijo que nunca había tenido una conversación con una americana así.

-¡Joder! Eres una chica inteligente -exclamó. En realidad, estaba pensando, eres inteligente para ser americana…

Resulta que muchos chicos que al principio son muy majos y quieren conocerme, cuando se enteran de que soy inteligente, ya no les intereso.

Mis compañeras de piso, que han vivido en España más de dos años, comparten conmigo la misma sensación, y nos contamos muchas historias de las percepciones que tiene la gente de nosotras como tontas americanas. Ayer hablé por teléfono con el técnico que ha venido a arreglar la lavadora tres veces, no porque la hemos roto nosotras, sino porque él no la había arreglado bien las dos veces pasadas. Me exasperé cuando, durante diez minutos, me regañó por romper una lavadora que no había roto. Él se obstinaba en que tenía la razón aunque no había venido a ver la máquina para confirmar su idea, y encima, sólo me trataba con “niña”.

Podría contar muchas más historias, pero son parecidas. En fin, como resultado de estas experiencias, soy mucho más consciente de los prejuicios que tengo y que todos tenemos. Nunca quiero tratar a nadie a base de mis preconcepciones.